lunes, 26 de septiembre de 2011

Yo Quería Ser una Princesa

Leda
Libro inédito Entre la Bulimia y la Anorexia...
Cynthia Maraví Oviedo (*)
(Primera entrega...)
Duele, me despierto en la tarde y me duele, me acuesto en la mañana y me sigue doliendo, a pesar de que en las noches pinto, lloro, canto o leo, aún me sigue doliendo.
Algo vive en mi, sé que solo soy la herramienta que ese algo usa para saciarse, ese algo que vive en mi cuerpo, que ata y desata con sus garras las sucias cuerdas con las cuales me mantengo unida a la vida, que me ensucia y me obliga a caer, que me acaricia tan fuerte que me va hiriendo, que me golpea, que me asusta, que me mata y que me resucita.

Muero, vivo, muero nuevamente y luego vuelvo a vivir, estoy así hace seis años, ya no soy, no huelo, ni hablo, ni amo, ni siento como yo…
Solo vivo para él, aunque me mate cada día más, aunque duela cada día inventándose una modalidad diferente, aunque toda yo sepa que está mal, vivo por ese algo que ni yo misma acabo de conocer.

A modo de introducción…
Contradictoriamente a la intención que darán a entender las siguientes páginas, no me gusta hablar mucho de mi vida, ni me gusta andar contando mis problemas o mis temores porque siento que a la gente no le interesa lo más mínimo. Si decidí escribir este libro donde relato sin pudor y sin vergüenza seis años de mi vida es porque en él hablo de un problema que está afectando con más asiduidad a la sociedad, en él hablo de ese demonio que atrapa y mata cada vez a más personas, hablo de esos dos tipos de trastornos alimentarios: la bulimia y la anorexia, y todo lo que conlleva padecer estas enfermedades.
En este libro está escrito todo lo que he vivido en estos años, como presa de mis complejos, en él narro todo lo que he sentido, lo que he sufrido, lo que he aprendido y lo que he conseguido. Me he ayudado de algunas hojas viejas en las que había escrito algunos sentimientos y miedos de mis últimos años y de la fortaleza, también, que me ha dado el hecho de jamás hallarme sola.
Debo admitir que en muchos momentos pensé que no debía terminar este relato porque conforme iba urdiendo estas líneas sentía mi intimidad peligrosamente descubierta, y la verdad es que no sabía si contar algo tan íntrinseco, algo del corazón de uno. Creo que me animó a hacerlo el incentivo de haber terminado algo hecho por mi, algo que de alguna manera pueda ayudar a alguien, pues no puedo decir que lo que he vivido al final me haya servido de algo, aunque si puedo aseverar que me ha significado una gran lección.
El objetivo de este libro es que se pueda comprender por fin el comportamiento de una persona que padece de estos trastornos, a reconocer los síntomas y ayudarlas a salir del hoyo en el que se encuentran. Me interesaría ademas que este libro sea leído por los padres de familia, en realidad por todos, porque esta enfermedad no excluye a nadie, para que puedan así ver la manera de fortalecer el autoestima y la seguridad de sus hijos, y ayudarlos si es que padecen alguno de estos problemas, y puedan entenderlos en vez de juzgarlos, y romper un poco así el inútil proverbio de dejadez que normalmente profieren por ignorancia algunas personas de que “todo está en tu mente”, para cambiarlo por un incondicional apoyo.
No pretendo ganar ningún premio por la buena narración de este libro, porque soy conciente de las carencias literarias que tiene, ni menos pretendo ser catalogada como un(a) escritor(a), ni anhelo que me feliciten por haber publicado, ya que mi admiracion por estos es enorme; bastaria decir que escribí este libro por tratarse de un tema que domino, y quiero mediante ese dominio acercarme a las personas que como yo viven al filo del abismo.
Escribí este libro con el corazón en la mano para ayudar, para compartir esta lucha de la que soy parte y de la que son parte también muchísimas personas más, para decirle a todas esas personas inmersas en el abandono de esta enfermedad que no están solas, que de alguna manera, talvez pequeña, talvez grande, no sé, espero que grande, cuentan conmigo, con mi testimonio, con mi fortaleza que tambien alguna vez se sintio resquebrajada. Yo sé que fisicamente no podré estar al lado de ellos cuando sientan que la vida se les este yendo de las manos, sé también que en esa constante derrota dirán: jamás superaré esto. Pero quisera que esas personas sepan de alguna manera en esos momentos tan graves que yo tambien he recorrido ese mismo camino, que cada lagrima que puedan tener en los ojos es una lagrima repetida, una lagrima que no deja apreciar lo hermosos que pueden ser sus ojos, por eso quiero que me sientan a su lado, dándoles una esperanza, una luz en medio de ese camino espinoso y oscuro por el que algunos puedan estar pasando. Quisiera que al leer este libro sientan alguna fortaleza, esa fortaleza que en esos instantes se percibe débilmente quisiera que la sientan como a una certeza, la certeza de que se puede salir de esto. Y tambien que me acepten como a una amiga, como una compañera de lucha que les dice: Caminen conmigo, que si yo he podido con todo, cualquiera que lo desee podría tambien hacerlo.

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-Buenas tardes, a la agencia por favor
-Veinte soles
-esta bien,
-bueno suban al auto,
-gracias
El camino se hacía largo, el sol se habia ocultado así que no podía ponerme los lentes para tapar mis ojos llorosos, volteé a mirar por la ventana para que mi acompañante no me viera llorar, volví a sentir miedo pero me contuve para que no se diera cuenta, respiré profundamente, encendí mi cigarro y empecé a hablar, ¿es tarde, no?, Si, ya está oscuro,
lo bueno es que no hace frío
si felizmente.


Seguí mirando a través del vidrio, el camino del aeropuerto a la agencia no era agradable, las casas eran viejas y despintadas, las calles sucias, los árboles resecos, ví a la gente caminando, ajenos a lo que yo sentia, los vi tan felices que se me revolvió el estómago, me di cuenta que la radio estaba encendida y comencé a tararear en mi mente la canción que sonaba hasta que me interrumpió la voz del taxista diciéndome que había llegado, bajé del auto y me despedí de mi acompañante.
muchas gracias por acompañarme,

de nada, cuidate,

chau.
En lo único que pensaba era en encontrar un lavadero para asearme el rostro y que no se me escaparan las lágrimas, caminé un pequeño tramo hasta que vi a mi mamá, nos saludamos y le dije que me espere porque iría un momento al baño, una vez que me mojé la cara y me senti más tranquila salí a encontrarme con ella, seguidamente subimos a otro taxi y nos fuimos a comer.
Ya en el restaurante no tenía ganas de hablar, sólo quería retroceder el tiempo y quedarme ahí, en esos instantes tan tiernos, sólo tenía ganas de verlo otra vez, de decirle que yo estaría siempre para él, en cualquier lugar pero intacta para él, asi que lloré porque sentí rabia de tenerlo lejos, lloré porque sabía que se venía otro año difícil, lloré porque me habia dado cuenta que me encontraba sola otra vez, sin más compañía que la de mi rostro en el espejo como en las noches de invierno.
Lloré porque realmente iba a echarlo de menos.

(El día que Santiago se fué por segunda vez del país)
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Lo habia conocido varios años antes y desde que lo vio supo que con el quería pasar los días que le quedaban, le llamó la atención aquel andar torpe que dominaba muy bien y se enamoró aún más cuando él le contó sonriendo que era o mas bien que queria ser escritor. Había llegado en el momento exácto, estaba saliendo de sus fantasías tal como ella lo había imaginado, asi que no tardó mucho en aceptarlo como su dueño y en proclamarse su esclava.
No era la primera vez que Micaela se enamoraba, ya antes había conocido algo parecido al amor al pasar cinco años de su vida sin ver otro corazón que el de un tonto chico que estudiaba con ella, había pasado gran parte de su vida buscando su rostro en las fotos de promoción, mirando los tumultos de gente con la ilusión de encontrarlo, yendo a lugares que posiblemente el frecuentaria sólo con la esperanza de verlo por ahí.
Pero esto era diferente, esta sensación la experimentaba por primera vez, Micaela sabía que este amor no era como el que habia sentido por aquel chiquillo insignificante de sus epocas de colegiala, esto le pesaba más, había aprendido a dormir entregándole sus pensamientos, rezando para que su poeta favorito escribiera algo durante la noche para ella. Nada le preocupaba a Micaela, porque por vez primera se sentía linda, había cambiado el temor que sentía antes de dormir por sueños clásicos de enamorados donde él era el protagonista. Así fueron esos días en la vida de Micaela, por fin había escapado de su realidad para entrar en el mundo que él le ofrecía y que a ella tanto le gustaba… lo malo ocurrió un tiempo despues, cuando Micaela se dió cuenta que en aquel mundo también habían calles oscuras y se asustó, y sintió más miedo aun cuando vió que en ese mundo ella no era la única habitante, asi que decidió regresar al suyo, después de todo era más fácil para Micaela pelear con sus viejos enemigos que enfrentarse a otros nuevos, ya en casa volvió a las viejas costumbres, a los llantos por la noche, a las conversaciones con sus amigos imaginarios, a la obsesión extraña que sentían estos por tomar el control de su vida, a las incontrolables ganas de herirse que le infundian y a la ingrata satisfacción de ver que se estaba destruyendo.

Primeras manifestaciones
No recuerdo exactamente como pasó, no tengo claros los pensamientos que rondaron por mi cabeza esos días, sólo sé que había empezado a sentir una quemazón en el pecho cuando me veía en el reflejo de algún vidrio, de pronto todo parecía haber cambiado, era como si la pena hubiera venido a visitarme.
Me encontraba sumergida en un mundo que no me gustaba, entonces intenté correr para escapar de él, pero ya era muy tarde, me dí cuenta que ese mundo ya era el mío.
¿Cómo llegué a esta enfermedad?
Después de mucho tiempo fui a la casa de Carmela, teníamos meses sin vernos, desde que terminamos el colegio mas o menos, asi que aprovechamos ese dia en conversar, yo vestía un jean azul, un polo rosado, tenía hecha una cola con un carmin a rayas y unas zapatillas marrones que jamás me quitaba, no recuerdo que llevaba Carmela pero recuerdo si las paredes amarillas de su sala, los cuadros de la pared pintados por ella, el consultorio de su mamá y el espejo que había en su comedor en el que siempre nos mirábamos para imaginar que éramos princesas que alcanzarían alguna vez su reino, recuerdo que ese día no pude dejar de verme en él, me miré detalladamente y conforme lo hacía iba sintiendo una intranquilidad que estremecía mi cuerpo, de pronto me fui sintiendo más inconforme, más molesta, menos yo, para nada princesa.
Carmela era una buena amiga, yo había aprendido a conocerla más en el último año del colegio porque nos tocó compartir carpeta, asi que habiamos pasado un año entero confesándonos secretos y enorgulleciéndonos de cada mirada que recibiamos de quienes en ese momento jugaban a ocupar nuestros corazones, habíamos aprendido a querernos, nos necesitábamos tanto que pasábamos las tardes buscando alguna excusa para encontrarnos.
Por eso la tarde que volví a su casa después de tiempo sentí nostalgia por los días irrecuperables que nos había tocado vivir, yo sabía que eran parte del pasado sólo que no sabía qué hacer para comenzar a separar esos momentos de los que estaban por venir. Carmela se había mudado a otra ciudad, había comenzado una nueva etapa, tenía nuevos amigos y estaba conociendo un nuevo ambiente, yo en cambio seguía estancada en el mismo lugar y en ese momento no tenía ganas de salir de ahí.
Aquella tarde Carmela empezó a contarme como le iba por allá, me dijo que nos extrañaba mucho, pero que estaba feliz, yo para no malograr el momento le dije también que estaba contenta, el sol ya se había ocultado y estaba comenzando una noche fresca, asi que Carmela y yo decidimos salir a dar unas vueltas por su casa, mientras Carmela me hablaba yo solo miraba aquellas calles que eran familiares para mi, pues por ahí había vivido una prima mía llamada Natalia que acababa de irse del país, asi que aquella noche caminé pensando en Natalia, recordando las miles de veces que había estado ahí con ella, creo que eso no ayudó a sentirme más contenta, y recien empecé a tomar atención a lo que me decía Carmela justo cuando ella había terminado de hablar. Me propuso ir a comer algo y yo acepté, fuimos al lugar de siempre, donde yo había ido incontables veces con Natalia porque quedaba frente de su casa, asi que mirando la casa de Natalia, (esperando que aunque sea en mi imaginación saliera por su balcón a saludarme) pedí lo de siempre, la clasica hamburguesa de carne, Carmela pidió lo mismo y empezamos a comer. A medida que iba tragando cada pedazo de hamburguesa iba sintiendo que estaba metiéndome veneno en el cuerpo, le comenté a Carmela que yo había subido de peso, ella me dijo que no lo había notado, me contó que ella también había subido, recuerdo que le dije: desde que terminamos el colegio, andamos tan ociosas que empezamos a engordar, fue en ese momento que Carmela pronunció las palabras que jamas olvidaré: ¿quieres adelgazar? Fácil, métete el dedo y vomita”
Me quedé perpleja, Carmela inmediatamente empezó a reirse y a decir que era una broma, me dijo: ay Micaela, solo tú puedes hacerme caso, es solo una broma, métete al gimnasio y listo, quedarás regia como siempre.
Solo sonreí, ya era tarde y le pedi que me acompañara a la esquina a buscar un taxi y seguimos caminando, cuando el auto llegó me despedí de Carmela quedando en que almorzaríamos al día siguiente, y así fue.
Conforme pasaron los días aquella frase de Carmela retumbaba en mis oidos, “métete el dedo y vomita” yo sabía que muchas personas lo hacían, había visto casos por televisión, pero una cosa era ser espectador y otra protagonista, como podía hacerlo si siempre escuchaba que una vez que entrabas en ese mundo no podías salir, pero aún sabiendo que eso estaba mal no podía dejar de pensar en esas palabras.

En ese tiempo mi vida se había vuelto monótona, ya no me gustaba salir de casa porque la ropa había dejado de quedarme y yo me sentía avergonzadísima por ello, entonces me dedicaba a pasar los días encerrada en mi cuarto pensando en formas para bajar de peso o contradictoriamente comiendo algún dulcesito que conseguía por ahí, la pasaba tranquila en mi propio mundo y me molestaba cuando alguien quería sacarme de él, como cuando mis padres me pedían que estudie algo por ejemplo, yo tenía diecisiete años, había acabado el colegio un año antes y por tal tenía toda la típica presion de una chica de esa edad que aun no sabe que ser en la vida, debía decidir qué hacer con mi vida, debía decidir qué iba a estudiar, que sería de grande (como pensaba en esa época), debía ya pensar en el futuro. En casa todos mis hermanos eran profesionales y yo no podía ser la excepción, debía concentrar todas mis energías en mis estudios, en la Universidad a la que algun día lograría ingresar, en el trabajo que algun día lograría tener.
Pero no podía, no podía lograr lo que me proponía y todo por una sencilla razón: ME VEIA GORDA, había subido algunos kilos, en ese tiempo no fueron muchos pero igual se notaban, lo sé porque cada vez que me encontraba con algún conocido repetía la misma frase: has engordado, Micaela, era siempre lo mismo, cada día la gente me lo decía más seguido y los que no lo decían me miraban de manera que me lo decian sin decirlo, era por eso que yo no podía concentrarme en nada más, porque esos kilos que había subido habían creado un gran complejo en mi, me habían hecho sentir inferior, me habían avergonzado. Fue por eso que me enclaustré en mi cuarto, porque ahí nadie me miraba, nadie me criticaba, ni se burlaba de mis kilos de más, de mi complejo de inferioridad, encerrada entre las cuatro paredes podía ser yo, podía actuar sin vergüenzas, sin temores.
Y me hubiera gustado quedarme ahí, sola con mis propios fantasmas, con mis dolores y mis deleites, pero sabía que la vida no era así, el mundo no era sólo mi dormitorio, yo sabía que debía salir de ahí a explorar otros lugares, pero no me atrevía, había encontrado en mis pensamientos a la anfitriona perfecta que me guiaba por los caminos más siniestros por donde ya había empezado a correr feliz, asi que busqué la manera de permanecer ahí, inventé malestares, dolores de estómago, resfríos nocturnos, cualquier cosa que me obligara a estar postrada en mi cama para seguir durmiendo y seguir imaginándome como yo queria ser en esas sendas oscuras, inventé miles de pretextos para que mis papás no me sacaran de ahí, para que no interrumpan mi patética vida pidiéndome que vaya a estudiar, para que no me pidan que me deje de huevadas ni que me exijieran que reaccionara de una buena vez, por eso inventé excusas para no tener que oirlos diciéndome que haga algo útil para mi.
Porque yo en el fondo lo sabía, sabía que mi comportamiento no era normal, sabía que debía dejar de sentirme menos que los demás, sabía que debía aprender a aceptarme, que debía dejar de estar todo el día triste, decepcionada, sabía que debía reintegrarme al mundo y aprovechar mi juventud, debía dejarme de perturbaciones tontas, sabia que debía ser valiente y salir de mi escondite, pero ya había descubierto que la inconformidad se había vuelto mi sombra y no sabía qué hacer para huir de ella. En esa época todavía habían días en los que me despertaba con unas ganas inmensas de salir a la calle y caminar bajo el sol, pero me probaba la ropa y nada me quedaba, entonces decidía encerrarme nuevamente, me sentía frustrada, las pocas veces que lograba salir terminaba en mi cuarto destrozada por las miradas homicidas que recibía, por eso prefería esconderme, para que nadie me criticara, para que nadie me dijera lo que debía hacer, para que nadie terminara dañándome. Lo malo era que algunas veces Carmela llamaba por teléfono para decirme que había venido a la ciudad y que quería verme, yo no sabía que excusa inventar para no salir pero siempre terminaba creando alguna que me librara de esos momentos que para mi eran un tormento. Asi volvía a ahogarme en mi mundo de arenas movedizas hasta que alguien después de darse cuenta de mi ausencia trataba de sacarme de ahí, ya no sólo era Carmela, todas mis amigas andaban preguntando por mi, querían saber que me pasaba, pero yo las evitaba, pues el unico placer que tenía en ese momento era permanecer dentro de mis dominios, comiendo algo para calmar las ansias, asi fue como la comida se fue convirtiendo en una obsesión para mi.
Y segui subiendo de peso, ya no sólo era mi imaginación pues cada que salía a comprarme algo de ropa no encontraba nada para mi, por eso llegaba a casa llorando y no encontraba mejor remedio que la comida, me sentaba a la mesa y comía todo lo que encontraba a mi paso, mi mamá comenzaba a molestarse ya que yo me quejaba de mi peso y seguía comiendo, entonces para evitar regaños, empecé a esconder la comida en mi cuarto, me compraba chocolates, galletas y cualquier dulce que pudiera ayudarme a controlar mi alterado carácter, cuando los alimentos se acababan yo terminaba con un sentimiento de culpa tan inmenso que hacía que me odiara cada día más, asi que para evitar sentirme culpable por seguir engordando, decidí poner en practica lo que decia la frase inocente de Carmela: “métete el dedo y vomita”, fui al baño y traté de hacerlo, pero no pude, lloré de rabia, no me había imaginado que fuera tan difícil, me arrepentía de haber comido tanto, pensé en controlarme con la comida, pero era muy difícil, tenía demasiadas ganas de comer, porque hacerlo me causaba una mezcla de sentimientos, placer, tranquilidad, serenidad, odio, repulsión, seguí comiendo en exceso y asi llegó el segundo intento por vomitar que también fue en vano, luego vino el tercero, el cuarto, pero igual, nada, seguí intentándolo muchas veces más (por meses), ya no sólo introducía mis dedos, sino que había buscado maneras de ayudarme con utensilios por ejemplo, empecé con el cepillo de dientes, despues con una cuchara, etc, hasta que llegó el día en que por fin pude vomitar, me sentí increíble, por fin había encontrado la forma de comer y luego eliminarlo, sin embargo la conciencia me gritaba lo mal que estaba actuando, esa noche dormí pensando que esa sería la primera y la última vez.
La gran mentira de mi vida, no fue la última vez que lo hice, por el contrario, fue el principio de una serie de sucesos nada gratos para mi, fue el inicio de mi historia. Seguí vomitando,aprendí a hacerlo de manera fácil, por fin había encontrado la manera de comer sin engordar, era demasiado bueno para ser verdad, ya no tendría que privarme de ningún alimento, de ningún antojo, vomitar era algo increíble, yo tenía la consigna de dejar de hacerlo cuando inicie un régimen alimentario más sano, cada vez que lo hacía juraba y rejuraba que sería la última vez, no sé en que momento me dí cuenta que ya era imposible salir a la superficie, yo ya me estaba sumergiendo.
Si yo hubiera sabido como era el infierno en el que me estaba metiendo, jamás lo habria hecho, hubiera querido que alguien me advirtiera del peligro que se me venía, pero me encontraba sola, había llegado a un punto de mi vida donde sólo me importaba comer, todos mis pensamientos se asociaban con la comida, obviamente iba ganando peso y eso hacía que me deprimiera aun más, me dolía cada gramo que habia ganado, lo peor de todo es que seguia sintiendo a todos observandome, no podía evitar sentir que todos estaban fijándose en mi cuerpo, que hablaban de mi a mis espaldas, yo sentía que nadie me aceptaba, sentía que si subia de peso era una mala persona, ya no quería verme en el espejo y evitaba cualquier tipo de encuentro con la balanza, prefería mantenerme en casa para que nadie pudiera verme porque me sentía poca cosa, mala, fea, para mi ser gorda era sinónimo de ser basura, de ser mierda, por eso vomitaba, porque al hacerlo sentía que perdía peso, que perdía tristeza, sentía que volvía a ser yo.
Estar en casa ya no me resultaba tan placentero, habían vuelto los viejos temores, los viejos fantasmas, había empezado nuevamente a tener pesadillas y no hacía más que sentir miedo, no me gustaba ya mi vida, ni mi ambiente, ni mi entorno. Yo siempre me he considerado extraña, siempre he creido en fuerzas sobrenaturales o cosas así y estas creencias vienen de experiencias pasadas, ya de adolescente, a los catorce años aproximadamente empecé a experimentar sucesos metafisicos, como la compañía de alguien a mi lado, visiones de personas o voces de mujer, al principio trataba de controlarme ante estas situaciones, pero conforme pasaba el tiempo sentía que me atacaban más, veía como las cosas de mi cuarto se movían o como las luces se apagaban o prendian solas, realmente me daban miedo, no podía dormir porque tambien estaban en mis sueños, me tenían controlada. Durante mucho tiempo fue así, viví al borde del delirio, en un mundo en el que sólo yo veía y sentía a estas extrañas fuerzas, viví por años atormentada por estas ánimas, por estos poderes, por más que lo evitaba yo sentía pavor, creía que podrían atacarme cuando quisieran y nadie lo notaría porque nadie me creería, yo había tratado de contarselo a mi mamá, a mi papá……….. pero jamás me creyeron, todas estas sensaciones hicieron que yo me convirtiera en una persona asustadiza y desconfiada, no sé cómo hicieron pero me convirtieron en una persona muy sensible, fueron noches enteras las que yo me pasé rezando para sentir alivio, varias veces tuve que cambiarme de habitación, cuando sentía demasiado miedo iba a dormir al cuarto de mi hermana cuando estaba de viaje o en su defecto buscaba la compañía de mi mamá, al principio eso me ayudaba, pero después ya ni eso siquiera funcionaba, yo seguía sintiéndome acosada. Esos problemas desaparecieron dos años después, fue un gran alivio, por fin me sentí libre, podía hacer lo que quisiera sin temerle a nada, lamentablemente no aproveché ese tiempo y ahora habían vuelto, después de tres años estaban nuevamente conmigo, las pesadillas, los miedos, los sueños en los que yo corría incansablemente para que no me secuestraran habían regresado.

Apareciste primero transmitiéndome sensaciones que me atemorizaban, luego mediante fuerzas físicas como queriendo mostrarme una señal para que no dudara de ti, después comenzaste a introducirte en mis sueños para descubrir mi mundo, y terminaste apoderándote de él, me despertabas a media noche y gozabas mirando como sudaba de miedo, poco a poco dejaste que escuchara tu voz, me dijiste que le dijera a mi madre que no se preocupara, que tu me estabas cuidando, siempre jugaste conmigo, imitando mi voz, apareciendo en los momentos más inoportunos, hasta ese momento yo podía soportarlo, pero comenzaste a tomar forma de mujer, te convertiste en una doncella inconforme de cabellos oscuros que siempre estaba mirándome y por primera vez te ví triste, te veías tan asustada que parecías clamarme ayuda, comencé a pensar que no sólo habías llegado a mi vida para botar mis libros y desordenar mis cosas, lo confirmé cuando cerré los ojos y te ví guiándome por una biblioteca, después fuimos a un cemeterio, te vi cargando a un bebé, pensé que podía ser el mío, asi que me empeñé en saber de ti, te escribí notas pidiéndote una señal, rezaba para saber quién eras, pero empezaste a retirarte, poco a poco desapareciste y ahora sólo quiero saber cómo vendrás la próxima vez, para enfrentarte.

Por eso nuevamente me daba miedo encerrarme en mi cuarto, me daba miedo estar sola, ya no sabía qué hacer porque tampoco quería que me vieran los demás y hubiera seguido encerrada si no fuera porque la vida continuaba afuera y ciertas personas que rondaban mi existencia me obligaban a enfrentarla, una de esas personas era Camila, nos conociamos desde niñitas, habiamos estudiado juntas desde el jardin, pero fue en los últimos años del colegio donde nos hicimos grandes amigas, Camila era realmente especial, habíamos nacido el mismo día, asi que ambas conocíamos exáctamente que cosa quería la una y que cosa detestaba la otra, no sabíamos lo que era vivir separadas, pasábamos días enteros juntas, conversando, contándonos grandes hazañas que creabamos para escaparnos de nuestras vidas, realmente quise a Camila, siempre sus llamadas telefónicas eran las que me volvían a la realidad, me encantaba verla llegando a mi casa con sus pantalones anchos, sus zapatillas que siempre se veían grandes en sus piernas delgadísimas, su cabello negro y lacio que se dejaba suelto y sus ojos grandotes que parecían decirme lo correcto, ella llegaba con una gran sonrisa, la mayoría de las veces acompañada de algun novio que para ella en ese momento significaba el amor de su vida, terminábamos siempre los tres conversando, jugando o riendo por cualquier tontería, queria tanto en esos tiempos a Camila, pues ella sabía la manera de regresarme al mundo, era la única que conocía todos mis secretos, la única que me había visto llorar por algún amor, la única que se había quedado dormida cuidándome mientras yo estaba enferma en una cama de hospital, siempre estuvimos juntas, íbamos juntas al colegio y una vez que llegábamos, buscábamos a Carmela y a Julia (otra amiga) y nos formábamos juntitas para poder conversar antes de entrar al salón.

Pero esa época pertenecia al pasado, ya habíamos terminado el colegio y con la única que mantuve la relación intacta fue con Camila, con Carmela hablába seguido pero la distancia nos había ya separado y a Julia la veía poco, casi nada, asi que Camila era la única persona que tenía la capacidad de regresarme a la realidad, por eso cada vez que Camila llamaba algo dentro de mi hacía que me pusiera contenta.
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Había pasado un año completo desde que había terminado el colegio y yo seguía sin saber qué hacer, me había metido a estudiar a todos los lugares que mis padres me habían sugerido con la esperanza de ingresar a la universidad, pero ya eran momentos en que me encontraba fuera de este mundo pues sentía verguenza de salir a la calle, ya en ese tiempo mis días se habían reducido a comer, dormir y llorar, habían pasado muchos meses de no ver a Camila, me negaba cada vez que ella me buscaba o me llamaba por teléfono, y mi mamá no sabía qué hacer. Camila ya no iba sóla, ni con algun enamorado, había empezado a ir con las demás chicas con las que andábamos cuando eramos escolares, con la ilusión de que yo las recibiera, pero todo intento fue en vano, yo seguía escondiéndome en el caparazón que me había dejado el vivir todo ese tiempo con miedo.
Si tuviera que describir esos días, diría que eran de mucho miedo, estaba conociendo un mundo que me era completamente ajeno, yo sabía que estaba pasando el límite, sin embargo no podía hacer nada para detenerme, la vida se estaba convirtiendo en mi peor adversaria, pero aun dentro de mi existencia sobrevivia una voz que me pedía dejarlo todo atrás y recomenzar, por eso un día sin darme más explicaciones decidí que era momento de cambiar, me levanté de mi cama y observé a mi alrededor, todo estaba tan feo, el cuarto estaba desordenado como mi propia miseria, sentí mucho asco asi que me bañé y traté de ponerme bonita para salir, pero no me quedaba nada de ropa, sentí que me odiaba, empecé a llorar desesperadamente. Mi mamá optó por llevarme a una nutricionista, cuando llegamos al consultorio me pesaron, pesaba 64 kilos, me midieron y me dieron una dieta, yo llegué a casa feliz, por fin había encontrado la solución, con esa dieta bajaría de peso y todos mis problemas quedarían en el olvido, cené pan por última vez y al otro día empecé a comer sólo lo que me indicaba la dieta, recuerdo que a los dos días ya me sentía mucho mejor, no había bajado nada de peso pero ya me sentía más delgada, llamé a Camila y le dije que quería verla, nos encontramos una hora después, como no sabíamos qué hacer decidimos ir a caminar.


Fue cuando estábamos llegando a su casa que lo vi, era Santiago, yo estaba caminando con Camila cuando él pasaba por la vereda de enfrente, ya habíamos tenido algunos encuentros visuales antes pero esta era la primera vez que sentía algo asi de fuerte, mentiría si digo que recuerdo lo que el llevaba puesto, eso si, recuerdo claramente que yo tenía puesta una pañoleta celeste en la cabeza, me acuerdo de eso porque apenas lo vi me la acomodé, me quedé atontada, después de tanto tiempo sentí que la vida valía la pena, había encontrado un motivo para seguir viviendo, Camila me preguntó por qué me había quedado callada y tuve que dejar de mirarlo para disimular. En los días siguientes empecé a ir por ahí, por ese lugar, a la misma hora, soñando con conocerlo, jugando a inventar nuevas historias tejiendo increibles adversidades de las que él me rescataba.

Siempre encantador
“Llegaste en el momento exácto, creo que te llamé desde mi inconciencia y gracias a Dios que me escuchaste porque desde que estás conmigo todo se ha vuelto más dulce, realmente te quiero, no sabes cuanto te quiero, no sé como haces pero siempre logras detenerme cuando es de noche y estoy a punto de volar, eres el único que saca lo bueno que hay en mi, el único que sabe interpretar mis sueños, el único que sonrie con mis debilidades. Las noches se hicieron más claras contigo y los momentos lindos parecen haber quedado grabados en mi memoria. El mundo se confabuló para que tú y yo nos conociéramos porque ese es nuestro destino, por que la casualidad entre nosotros no existe. Nos toca estar juntos para luchar en nuestras viejas batallas, para darnos la mano cuando estemos heridos, para sentirnos cerca cuando esté amaneciendo, siempre de la mano, siempre recostados viendo y percibiendo la paz del atardecer, siempre queriéndonos”

Llegó el día en que conocí a Santiago, hablamos toda la noche hasta que tuve que irme porque ya eran las once y a mis dieciocho años no me atrevía a llegar más tarde a mi casa, habíamos coincidido en una fiesta y él se había ofrecido a conseguirme cigarros y aunque jamás los consiguió ese ofrecimiento fue suficiente para que me robara el corazón, se sentó a mi lado y con los ojos prometió no moverse nunca más de ahí. Fue esa misma noche que me enteré que Santiago era escritor, era mi sueño, pasamos horas hablando de escritores, de sus proyectos, de los libros que quería publicar, fui feliz esa noche porque supe que había hallado al hombre de mi vida.
Los términos bulimia y anorexia para mi eran desconocidos, entonces yo no me consideraba una persona bulímica ni anoréxica, vomitaba algunas veces después de comer, pero trataba de controlarme tanto en la ingesta de alimentos como en los vómitos, sólo vomitaba cuando comía de más, o sea cuando comía algo después del almuerzo, algún chocolate o simplemente cuando cenaba, porque ya en ese tiempo para mi cenar se había vuelto el mayor de los pecados, había logrado bajar algunos kilos utilizando esta técnica y también haciendo las dietas tan salvajes que yo misma me imponía, habían días en que comía un par de lechugas y otros en los que no comia nada, (la dieta que me dio la nutricionista sólo duró dos semanas) yo quería estar bonita para Santiago, quería que cuando él me viera supiera que no se había equivocado, quería que esté orgulloso de mi, quería estar flaca para él y aunque había bajado de peso aun no lograba verme como quería y encima como había reducido tanto lo que comía no hacía mas que pensar en comer.
Santiago y yo nos habíamos hecho amigos, toda las noches yo iba al lugar donde sabía que él estaría y buscaba la forma de hablarle, a veces nos quedábamos conversando, a veces íbamos a caminar, todas las noches salía de mi casa con la ilusion de verlo y cuando lo hacía sentía que todos mis problemas se despejaban. En una de esas noches entre cursilerias dulces y miradas profundas, Santiago y yo, nos hicimos enamorados.
Y Micaela se enamoró, empezó a ponerse bonita para él, para su príncipe, para aquel muchacho de ojitos tristes y caidos que no hacían más que buscar los ojos de ella. Y ella iba en busca de su cuerpo, de sus manos, de su boca, y en aquella búsqueda insaciable ella iba contando y nombrándose dueña de cada uno de sus lunares, los iba acariciando, dibujándole alas con la yema de los dedos, emocionándose si encontraba alguno más, asi estaba Micaela de enamorada, por primera vez sentía que el timbre de su puerta tenía una bella melodía cuando él llegaba a buscarla , por eso pasaba las noches esperando esa dulce canción y apenas la escuchaba buscaba su perfume, ese que olía a cielo con estrellas fugaces, asi salía Micaela a recibirlo, llena de inocencia, llena de pureza, se sentia tan guapa a su lado que tenía ganas de pasear por toda la ciudad, era tan feliz que ya ni los fantasmas que la atormentaban podían hacerle daño, por fin se sentía bella y segura. Por eso Micaela se había enamorado tanto, porque su príncipe le había prometido construirle un palacio donde vivirian cuidándose siempre y ella nunca habia pedido algo mas alla de esa distancia, si ya le era suficiente con sentir sus manos guiándola, ya había encontrado la oración exácta que le calmaba los miedos en uno de los poemas que él le habia entregado, y asi se acostaba Micaela rezando esa oración que su príncipe había camuflado entre aquellas cartas secretas, pidiendole a su Dios que le enseñara por favor la manera exacta de peinar los cabellos revueltos de su príncipe, para que jamás se fuera de su reino...
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Nos veíamos todos los días, él iba a mi casa a las siete en punto y yo le esperaba feliz, para contarle lo que había hecho en el día, él hacía lo mismo, me llevaba ademas muchos poemas y yo los leía llena de orgullo porque sabía que los había escrito para mi, aunque todo en esa epoca era lindo yo sentía algo que molestaba mi tranquilidad. Le conté a Santiago mis problemas, le confesé que había vomitado algunas veces en que comía mucho, pero le dije que ya no lo hacía más, recuerdo que le pregunté: ¿tu me ves gorda?, Santiago trató de ser lo más delicado, pero en su mirada yo habia visto una respuesta afirmativa (hoy no se si habrá sido así), ya que yo sentía en ese momento que todos me atacaban, entonces por eso reinicié la dieta que me había dado la nutricionista.
Entré a estudiar a la Universidad, me divertía yendo a clases pero mas me divertía encontrando la manera de no ir a ellas, en esas fue que conoci a Mariana, la conocí el segundo día de clases, me acerqué a ella y le pedí que me anotara en la lista de asistencias un día en que no pensaba entrar al salón porque estaría toda la tarde en casa de Santiago. Al siguiente día comenzamos a hablar, no se cual fue el motivo pero Mariana y yo congeniamos de inmediato, desde ese dia Mariana se convirtió en mi inseparable compañera, ella era delgadisima y aunque comía muchisimo nunca engordaba, yo envidiaba eso, cada vez que ella me proponia ir a comer algo yo tenía que fingirme enferma para no ir, y a veces cuando era imposible evadir la invitacion me disculpaba diciendo que ya habia comido aunque eso no fuera cierto, aunque haya estado muriendome de hambre.
Creo que Mariana y yo jamás atendimos una clase completa, mis clases eran todas las tardes de lunes a viernes, yo me pasaba toda la semana comiendo lo menos posible para mantenerme delgada, hasta los viernes en la noche justo cuando Santiago se iba de mi casa yo corría a la cocina y comía todo lo que antes me había negado, por eso cuando por alguna razón nos programaban un exámen para el sábado todo se volvía un martirio para mi, no era que no quisiera ir porque tuviera flojera o porque no me gustara estudiar, lo que pasaba era que mi mente estaba ocupada en otras cosas, sólo podía pensar en dietas, ejercicios o en recuperar mi peso de colegiala. La dieta siempre terminaba aburriéndome, por temporadas comía de todo, el sentimiento de culpa siempre me acompañaba, ya no podía dejar de vomitar, lo hacía secretamente para que nadie lo note pero empezaba a hacerse cada vez más evidente. Un día Santiago me preguntó que me pasaba, ya no solo se me veía en la cara, el carácter me había cambiado, tenía constantes depresiones y todos mis pensamientos eran negativos, entre lágrimas le confesé que seguía vomitando, él era inexperto en ese tema, no sabía como reaccionar, asi que me pidió que cada vez que sintiera esas ansias por comer o que tuviera ganas de vomitar lo llamara por teléfono, creo que sólo lo hice una vez, tenía mucha vergüenza, no quería que él viera de cerca esa debilidad mia.
Yo había cambiado totalmente, la enfermedad se había apoderado de mi cuerpo, de mi alma, era dueña absoluta de mis decisiones, comencé a tener constantes peleas en casa, comprendo que nadie me soportara porque ni yo sabía hacerlo, ya no veía a Camila, cada una andaba en sus cosas pero siempre hablábamos por teléfono y a Mariana no me atrevía a contarle lo que me pasaba, por eso Santiago se convirtió en el encargado de calmar mis tristezas.
Pobre Santiago, yo me sentía tan víctima que jamás me preocupaba por lo que le pasaba, me pasaba el día entero hablándole de mis miedos, los momentos que pasaba a su lado eran los mejores, me encantaba sentirlo cerca, tocar sus brazos que se sentían tan protectores, acariciar su cabello mientras él me miraba, había aprendido a quererlo de una manera obsesiva, no podía vivir sin él, mi vida se había reducido a quererlo y esforzarme por ser más delgada, yo sentía que Santiago me quería, sabía que era importante para él, pero yo quería ser lo único en lo que él pensaba, quería ver en sus ojos ese amor enfermizo que yo sentía por él, simplemente quería que fuera capaz de matar por mi, aunque nada tenga esto de simple, pero yo tenía sólo dieciocho años y era la primera vez que me enamoraba. No sabía como actuar, temía que él me dejara, que se cansara de mis problemas y se fuera con otra persona más valiente que yo, porque me sentía muy poca cosa a su lado, por eso hubiera hecho cualquier cosa que el me pididera, porque en ese momento él era lo único bueno que habia en mi vida.
Santiago tambien vivía sus propios miedos, él era mayor que yo por cuatro años, yo tenía dieciocho y seguía sintiéndome niña, me encantaba la idea de tener un hombre mayor al lado, yo pensaba que él conocía el mundo, que en esos cuatro años que me llevaba había acumulado la sabiduría que yo necesitaba para seguir adelante, para no caer, por eso me aferraba tanto a él, ya no quería estar sola, quería a Santiago a mi lado toda mi vida, lo queria mio, sólo mio, lo veía perfecto, no le faltaba nada, lo que no vi en ese tiempo y recién puedo ver ahora, es que Santiago andaba tan perdido como yo, yo también era lo mas importante en su vida, pero a diferencia mía él habia pasado por experiencias dificiles mucho antes, por eso es que era más cauteloso, por eso es que sabía sobrevivir, porque la vida le había enseñado que uno nace solo y no nos tenemos más que a nosotros mismos, creo que por esto Santiango ocupaba su día en muchas cosas, no sólo en mi, (yo sentía esto como desamor) a pesar de todo fue el único que estuvo conmigo de manera incodicional, aprendió a vivir con una persona enferma, aprendió a quererme con todos mis errores, con todos mis complejos, se introdujo en mi mundo y supo como persuadirme para no llegar directamente al infierno.
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Recuerdo una época en que me quejaba de mi peso, Santiago me propuso hacer ejercicios, él llegaba todas las mañanas y empezábamos con una larga rutina, perdi con esto algunos kilos, me sentía emocionadísima, sentí que Santiago me quería más si estaba flaca, acompañé los ejercicios con una dieta, comía puros vegetales, evitaba el arroz, las harinas, los dulces. Santiago siempre se preocupaba por mi alimentación, asi que yo tenía que engañarlo diciéndole que ya había comido, nunca cenaba, cuando él llegaba y me decía que cenáramos juntos yo tenía que decirle que ya lo había hecho, me acostumbré a no comer por las noches, desayunaba sólo una fruta (porque Santiago me obligaba) y a veces no almorzaba, como logré mi objetivo: adelgazar, deje de hacer los ejercicios, para no engordar dejé también de comer, pero aun así el espejo no me daba la respuesta que yo buscaba, yo sabía que habia bajado de peso pero seguía viéndome gorda.
Santiago y yo llevábamos ya muchos meses juntos, nos veíamos todos los dias y habíamos aprendido a conocernos tanto que ya nada nos resultaba nuevo, sabía sus historias de memoria, sabía sus gustos, sus pasiones y él adivinaba mis pensamientos, sabía cuando algo andaba mal conmigo, sabía si le estaba mintiendo, ya no había nada nuevo en nuestra relación y mi pesimismo no ayudaba en nada a vivir nuevas historias juntos, habíamos explorado todas las rutas y nos encontrábamos estancados en el mismo sitio, de pronto la relación empezó a cambiar, ya no había interés, no habían llamadas, ni poemas, ya no había nada, yo temía que llegara el día en que Santiago quisiera irse de mi lado e intentaba de todo por que esto no suceda, pero nada funcionaba, asi que el día llegó, Santiago quiso irse, alejarse de mi, estoy segura que sólo se detuvo por la pena que sintió al verme llorar, sentí que se me derrumbaba el mundo, quería morirme, sin él nada me importaba, él me miró con lástima, me pidió perdón y me prometió que seguiríamos juntos. Y ahí acabo la noche, abrazados sin el valor suficiente para dejarnos.
Los días pasaron pero yo seguía lastimada, tenía en la mente las palabras de Santiago, él había querido terminar conmigo y yo sabía que si seguia a mi lado era porque no tenía corazón para dejarme, a pesar de eso seguiamos juntos, no sé cuales habran sido los motivos para que Santiago quisiera alejarse, no he podido dejar de sentirme culpable por la enfermedad y aunque hoy sé que no fue el único factor, en ese momento sentía que él me estaba dejando porque yo estaba gorda, yo pensé que no era suficientemente linda para él, asi que empecé a reducir aun más mis alimentos con la esperanza de que él se quedara conmigo, pero todo fue en vano, en menos de un mes Santiago se fue de mi lado, esa partida me rompió el corazón.

.... CONTINUARA.........

jueves, 14 de agosto de 2008

Si, del cielo te caen los clavos…


Un año después: Recordando las heridas del terremoto


Por Cynthia Maraví Oviedo (*)

Había llorado toda la noche anterior, me había echado al lado de mi mamá porque necesitaba que alguien escuche mi enfermizo testimonio, así que una vez más con lagrimas en los ojos le hablé de mi mala fortuna, la misma que yo me había creado, le conté ya casi sin voz que sufría por mi triste vida, por mi falta de emociones, por mis días adormecedores, y así entre quejidos tontos y típicos de quien lo siente todo y ya no sabe que inventar para seguir viviendo, me quedé dormida.
Amaneció distinto ese día, yo sentí un aire consolador alrededor mío, y una vez más sonreí porque después de haber renegado toda la noche, ya me sentía feliz, así fueron pasando las horas, hasta que el reloj marcó las siete de la noche, menos un cuarto de hora o algo por ahí, después de eso todo cambió.
De pronto sentí un ruido ensordecedor y un movimiento brusco que me obligaron a levantarme de la cama, salí corriendo espantada, y me espanté aún más cuando se apagaron las luces, luego por fin después de tropezones, caídas y conteos rápidos de todos los que nos encontrábamos en la casa pudimos salir,
En la calle todo estaba peor, la gente gritaba, lloraba y el ruido de las cosas cayéndose empañaba más el panorama, hasta que por un milagro por el que todos rezábamos todo se detuvo, cesó el ruido, cesó el movimiento, pero aumentó el pavor, las ansias, todos cogían sus teléfonos para comunicarse con las personas de las que no sabían nada, pero era inútil, nada funcionaba en ese momento.
Esa noche dormí triste, lloraba despacito para que nadie se diera cuenta que me moría de miedo, escuchaba las noticias bajito, en un radio a pilas para no despertar a nadie, pensaba en la gente que conocía, y que no vivían en Ica como yo, escuchaba que Pisco estaba peor, que Chincha estaba desaparecida, y yo que conocía gente en esas ciudades no pude dormir tranquila esa noche. Dos días después me tocó viajar a Pisco, fui preparada porque las noticias hablaban de muchas víctimas, de heridos, de muertos, de casas derrumbadas, según yo fui preparada, pero la realidad me golpeó fuerte, ningún testimonio puede encerrar todo el dolor que ese día vieron mis ojos:
Vi a mujeres con el rostro desencajado tratando de cocinar algo para los suyos, vi a niños corriendo de un lado a otro sin encontrar un lugar donde reposar sus miedos, vi casas completamente destruidas, postes caídos que ya estaban al borde del suelo, cerámicas rotas, paredones que existieron, tejados agrietados, vi perros que no habían podido huir y que yacían muertos como guardianes fieles en las puertas de sus hogares, calles que fungían de velatorios porque vi a mucha gente despidiéndose de sus muertos, mas allá por la Plaza de Armas vi a la gente divagar embobada, ellos habían sobrevivido pero parecían estar bajo el halo de la muerte porque tenían esa dureza que solo tienen los que ya no están entre nosotros, vi a rescatistas que buscaban cuerpos debajo de la iglesia, vi como se agotaba la esperanza de encontrar algún sobreviviente, vi muchos cuerpos tendidos en el suelo de la plaza, vi almas destrozadas de gente que encontraba en ellos algún familiar, vi angustias, temores enmascarados, vi a la inocencia despedirse de la gente, vi al odio sumiso ante tanta desgracia, vi ganas de zafarse, de correr, vi a los cinco sentidos despabilados, vi sangre seca, entierros rápidos, llantos agotados, ojos tristes, corazones fracturados, vi manos heridas que raspaban la tierra, vi cuerpos trémulos que socorrían, vi que alguien había sembrado en una macetita semillas de resignación, vi que en los corazones de la gente se cultivaba el consuelo, la resistencia, la existencia…
Vi demasiado poco ese día, y sin embargo para mi fue demasiado, no creo poder ver algo mas tétrico jamás, y no creo volver a sentirme tan indefensa y tan impotente como aquella vez, aquella vez donde al llegar a casa me sentí estúpida por haber llorado por cosas vanas la noche anterior al terremoto, aquella vez donde ni siquiera tuve ganas de hablar, aquella vez donde sentí pavor por las réplicas que sacudían Pisco, aquella vez donde después de largas colas por fin pude subirme a un ómnibus e irme a casa, aquella vez donde al caer la noche solo atiné a dormir.
(*) cynthiam68@hotmail.com

sábado, 2 de agosto de 2008

"Las flores que me gustan"

¿Yo también me llamo Perú?


Cynthia Maravì Oviedo(*)

23 años de Costumbres que se de memoria, 23 años de huelgas en los ministerios, 23 años de ceviche picante, 23 años de gente que patea latas, madres con hijos en las espaldas golpeando ollas vacías, 23 años oyendo canciones de gente que suspira en los puentes, 23 años y algo más frustrándonos porque no vamos a un mundial, 23 años de guapos y guapas elegidos entre compadres y comadres que nos representan en el exterior, 23 años empujándonos en las combis, 23 años de Bryce, de Vallejo, de Ribeyro, …y mejor no sigo, 23 años de presidentes que se creen príncepes, de gatas que se creen princesas, de sapos que se creen galanes, 23 años oyendo a nuestros viejos cantar “ Yo también me llamo Perú” ( hoy me incluyo en ese grupo), 23 años viendo que la gente sigue huyendo, sigue corriéndose de este país, 23 años y veo como esa gente regresa, ( entonces tan mal no estamos), 23 años de folklore que nos pone la piel de gallina, 23 años de billeteras robadas, 23 años de sobrinos enamorados de simpaticonas tías julias, 23 años de rituales que le sacan el alma a uno, 23 años de callecitas llenas de basuras o envolturas, 23 años de placitas llenas de enamorados, 23 años de chicos peruanísimos que nos dejan, 23 años de chicos que vuelven, 23 años de mazamorras en cada esquina, 23 años de locos en cada esquina, 23 años de amigos reunidos tomando pisco, 23 años de amigos reunidos por que no tienen nada que hacer, 23 años sin chamba, sin plata, sin dólares, sin euros, 23 años de fiesta con cajón, con huaynos, con incas, con ruinas, 23 años y sigo aquí en la misma ciudad, en el mismo país, enamorándome cada día más de mi suerte, de mi mala suerte, de mi destino bajo algún jardín donde me llegue la sombra de un huarango, 23 años y no quisiera mover ni un dedo de este lugar jamás, 23 años y aún tengo ganas de fumarme un cigarro viendo un atardecer en huacachina.

Cuantas ganas tengo de sentarme en cada monumento y bailar sobre él, jamás por falta de respeto, solo por simple felicidad, por el simple hecho de volver a los días del pasado, cuantas ganas de zurcir con hilos blanquirojos cada herida que se me va abriendo, cuantas ganas de tatuarme mi origen en el tobillo izquierdo, cuanta pena por tener que despedir cada cierto tiempo a quien más queremos en algún aeropuerto, cuanta rabia por no sentir el apoyo en nuestra propia casa, en nuestro propio país, cuantas ganas de pintar un graffiti que diga que no es justo, que todos los que se han ido, deben volver, que aquí los necesitamos más que allá, que acá los queremos más, que acá los querremos siempre, que ganas de gritarle al mundo que Latinoamérica sigue viva, que sigue de pie, que nada la puede tumbar, que nada puede acabarla, que necesidad de hacer propaganda para que sepan todos que seguimos aquí, esperando y luchando para no tener que irnos llorando de impotencia, por que siempre es mejor quedarnos en casa llorando de tanta risa.

23 años, y la luna sigue saliendo cada noche, 23 años y aun mi rosal no tiene rosas porque las arrancan, 23 años y aún me invitan a presentaciones de libros, 23 años y aún no hay quien compre esos libros, 23 años y sigo yéndome a Lima en un bus que cada día cobra mas caro, 23 años y cada vez hay más autopistas, 23 años y todo sube de precio, 23 años y la chela cada día esta más barata, fregados estamos, pero salvados también, miles de motivos tenemos para no seguir, y millones para continuar, podremos estar desesperados , hastiados, pero no hay fin de semana que no tengamos fuerzas para salir a tonear, podremos llorar porque extrañamos a algún primo, algún tío, alguna amiga, algún amor que se ha ido de este país, pero también sabemos que debemos reír porque van a volver, podemos odiar este país, avergonzarnos, enorgullecernos, emocionarnos, enojarnos, pero al final siempre terminamos en algún karaoke pidiendo lo que antes cantaban nuestros viejos, esas canciones criollas de sus épocas, esas que cuando estás fuera de casa te hace llorar.

Tengo 23 años vividos aquí, y me sé de memoria las heridas mal curadas, y las glorias de este país, tengamos paciencia pues, al fin y al cabo somos de acá, además podrá faltar de todo, pero como se habrán podido percatar en este mi escrito, por lo menos equilibrio si hay.





sábado, 19 de julio de 2008

"Las flores que me gustan"

¿Salir a bailar o quedarse a leer un libro?
Escribe: Cynthia Maraví Oviedo(*)

Sábado por la noche, 11 y 10 para ser exactos, se acaban los programas en la televisión, y ya no queda nada para ver, suena mi celular y veo que hay un mensaje de texto por leer: ¿habla, vamos a la disco?, el clásico mensaje sabatino, pero esta vez ha llegado demasiado tarde porque yo ya me he enganchado por completo a “cien años de soledad”, no pude resistirme, hace unos días fui a un centro comercial, con la intención de comprarme un pantalón y terminé comprando el clásico de Gabo, me emocioné porque era la edición conmemorativa, así q saciando mi sed literaria me llevé a casa el ansiado libro, y aquí me tienen, un sábado a las 11 y 15 echada en mi cama en pijama disfrutando de las historias del coronel Aureliano Buendía, y no me arrepiento, me divierto más leyendo que bailando en una discoteca, que puedo hacer, así soy yo, no cambio mis libros por nada, ni por una entrada a una fiesta exclusiva, ni por un disco original de aerosmith, ni por un ramo d rosas rojas, ni por 100 cocos, a lo mejor es porque son mi único patrimonio y lo único material que realmente me importa, o quizás solo sea una locura mía que es lo mas probable, porque ya ni siquiera estoy segura de mi cordura, lo único que sé con certeza es que en el mundo no hay nada mas placentero que taparse en una cama con veinte frazadas encima con un libro al lado, tenemos la suerte de contar con mentes brillantes que han sido capaces de plasmar la maravilla en sus libros, tenemos el lujo de existir en esta época donde vivimos rodeados de computadoras, de periódicos que vienen con promociones incitando a la lectura, de páginas web donde solo con escribir los nombres de nuestros escritores preferidos, obtenemos toda su obra, tenemos la fortuna de vivir en un país lleno de gente grande, de gente gloriosa que se las juega por escribir, gente que batalla día a día con la indiferencia de su propia patria, gente que aún sin tener que comer, no pierde la esperanza de que algún día acabe la ignorancia, que parece crecer cada día, es increíble, pero aun en esta época en el Perú existe esa gente, tenemos tanto para aprovechar, y sin embargo no hacemos nada, preferimos ocupar nuestro tiempo, dinero y mente en eventos superfluos de los que no sacamos nada, preferimos invertir en ropa que en un buen libro, nuestras autoridades prefieren evitar este tipo de asuntos, porque hablando ya de nuestra ciudad, en Ica muy rara vez veo alguna noche cultural (aparte de las del INC y algunas actividades que suelen organizar las instituciones culturales) o una feria de libros, y ni mencionar a la biblioteca, porque ¿alguien sabe donde queda?, y los que como yo alguna vez en su vida han ido ¿encontraron lo que necesitaban?, o siendo mas realista aún ¿les ha provocado entrar a ese lugar tan carente de modernidad, y tan poco inspirador?, si ni a mi que me la paso leyendo constantemente me provoca entrar, menos a las personas que les está despertando el interés.

Es que así es pues, lamentablemente vivimos en la ciudad del letargo, de la desidia, de la pobreza en cuanto a temas culturales se refiere, es cierto Ica está creciendo, la Plaza de Armas esta más limpia, ya no hay ambulantes en algunas calles, hay más tiendas, y bla bla bla, pero seguimos estancados en el mismo hueco de la ignorancia, y al paso que vamos, con estas autoridades a quienes poco les interesa el tema, seguiremos igual, así q no nos queda otra que decidir, ¿salir a bailar o quedarse a leer un libro?, en mi caso prefiero quedarme leyendo en mi cama un sábado por la noche, pero no tiene que ser así de drástico, ya que las fiestas, el baile, las juergas, se pueden mezclar perfectamente con la educación, podemos ir a bailar y leer otro día, podemos hacerlo en cualquier momento, no se trata de convertir a la lectura en una obligación, si no en un deleite, se trata de disfrutarla, de sentirla, de meternos en ella, y de aprender con ella, poquito a poquito se llega lejos, porque así como los ejercicios físicos, coger un libro al inicio puede resultar tedioso, solo es cuestión de paciencia, el tiempo se encargara de mostrar las recompensas, se los digo yo, que aunque no tengo profesión, ni trabajo, ni oficio, ni beneficio hoy estoy segura de una cosa: de lo mucho que he aprendido sencillamente con leer.